Día 11: curiosidades camboyanas de camino a Hanoi

Bueno, hoy dejamos Camboya. Ha sido un día de descanso y avión. Una buena ocasión para hablar de nuestro primer envenenamiento.

No obstante mi obsesión por la higiene al parecer tengo que haber ingerido bacterias de estas en mi vida pasada porque en 24 horas habíamos superado la intoxicación. En cualquier caso Antonio es el culpable, obviamente. Después de casi diez días incólumes ha pensado fuéramos inmunes a la e-coli en cantidades y debíamos empezar a comer donde los locales. Sí o sí.

«A que hemos venido?», «Me he criado en el corral de mis tíos», «después de la rata no puede pasarnos nada»…

Obvio que ha pasado, había cantidades de perros roñosos en el supuesto restaurante y tropecientosmil moscas. Nuestros rollitos primavera crudos tenían todas las papeletas para envenenarnos.

Fresh spring rolls, Camboya

Cierto interés ha tenido la población de la guesthouse. Unas cuantas parejas camboyano-europeas, unas parecían apañadas, la verdad, otras menos. Lo especial del cuento fue una niña que una tarde me eligió cómo su súper mejor amiga. No-me-sol-ta-ba. La niña había vivido en Australia y no paraba de darme hostias por mi inglés, 10 años tenía! Sus padres no la habían llevado a los templos y ya llevaban una semana allí y se moría de ganas! Y dale a contar las historias de los hinduistas y a ver fotos de los templos y buscar en Google translator las palabras que yo no me sabía en inglés. Que ca-te-ta-ga-ña-na-pa-le-ta. Va mejorando poquito a poco, todo un invierno viendo series en inglés ha servido de algo, not enough en cualquier caso. El día siguiente la niña casi no me habló, tuve que aburrirla.

Otra cosa que no se podía escribir en el capítulo anterior para no estropear lo didáctico y bonito del cuento es que la ciudad es una especie de Las Vegas pobre del éste. Una especie de parque de atracciones para turistas. Hay una calle petada de garitos súper horteras repletos de luces psicodéli as. Eso de las luces les mola a los camboyanos, hasta para los templos, imaginaos lo que pueden llegar a hacer en una calle que se llama «pub street». Rollo luces de navidad del jardín botánico, multiplicado por cien.

Pub Street, Siem Riep

Puestos de comida ambulantes que enseñaban escorpiones y serpientes fritos a los cuales se les podía fotografiar por medio dolar, piscinas de cristal con peces para meter los pies y que se comieran las pieles muertas y los callos. Hasta un body builder había, petadísimo-isimo y caucásico (mucho mas glamuroso que los petados asiaticos) que se ofrecía para tumbar a cualquiera.

Un capitulín va a los puestos de comida callejera. Se pasa de fruta exótica desconocida a todo tipo de bicho. Lo más asqueroso: ratas, langostas (las de la plaga de la Biblia, no las de mar), pescado seco repleto de moscas y unas almejas saladas y especiadas. Aquí va un resumen fotográfico de lo que no me ha dado vergüenza fotografiar:



 

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